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San Petersburgo Historia y cultura, Rusia








San Petersburgo Historia Y Cultura, Rusia

Pedro el Grande creó San Petersburgo de la nada un día de mayo de 1703, cuando derrotó a los suecos en la desembocadura del Neva y proclamó "Aquí debe surgir una ciudad". Y allí, junto al Golfo de Finlandia, entre pantanos y fango, el zar amante del mar, obsesionado por crear la primera flota rusa, espíritu constructor y hábil urbanista hizo realidad su sueño. Lo bautizó San Petersburgo en honor de su santo patrón y lo convirtió en una ciudad, una capital inmensa.

Grandiosa en arte y cultura, con una historia magnífica y trágica como solo es posible en Rusia, San Petersburgo ha superado muchas vicisitudes a lo largo de los siglos y hoy es, sin duda, la ciudad más bella de la Federación Rusa.

Recientemente recuperó su nombre original, San Petersburgo, en un referéndum popular en 1991, después de años de llamarse Petrogrado (del 18 de agosto al 26 de enero de 1924) y Leningrado (del 26 de enero de 1924 al 6 de septiembre de 1991).

Proclamada capital en 1712, Pedro el Grande se inspiró en Holanda y Ámsterdam para dotarla de un plano urbanístico y embellecerla con suntuosos edificios. El zar comenzó las obras desde la isla Petrogradskaja y mandó construir la fortaleza de los santos Pedro y Pablo, las instalaciones navales, con el Almirantazgo, todavía hoy símbolo de la ciudad con su inconfundible aguja dorada, y después el Palacio de Invierno que se convirtió en el Hermitage.

La vida es dura en San Petersburgo: inundaciones, hielo y el fango de las obras forman parte de la vida diaria de la ciudad. Pero San Petersburgo, ya en esta época, es la cuna del arte y de la cultura rusa a pesar de las terribles conspiraciones que perturban la vida de la corte de los zares y deciden su sucesión.

Los zares y zarinas proporcionaron gran lustre, pero también grandes tragedias, a San Petersburgo.

La zarina Ana (1730-1740) lleva la capital a San Petersburgo y la convierte en la vanguardia de la Europa más moderna en el corazón de la vieja Rusia. Se rodea de cortesanos franceses, de ministros alemanes, de arquitectos y artistas italianos. La sucede Isabel (1741-1761), que encarga a su arquitecto de confianza, el italiano Bartolomeo Rastrelli, embellecer la ciudad con el barroco de las cortes italianas y francesas. De Rastrelli son el Palacio de Invierno y el palacio de Catalina en Carskoe Selo. Después llega el momento de Catalina II la Grande (1762-1796). Genio de la política, intelectual y refinada, tan sanguinaria como sus predecesores pero también innovadora, Catalina abre las puertas de Rusia a la Ilustración. Recibe a Diderot en la corte, descarta el Barroco en favor del Neoclasicismo, contrata a los arquitectos italianos Antonio Rinaldi y Giacomo Quarenghi y al francés Vallin de la Mothe. Con Catalina II, la pasión desenfrenada de los zares por el coleccionismo alcanza su punto álgido: con ella nace el Hermitage, uno de los museos más ricos en obras de arte de todo el mundo. La zarina protege las letras, la música y la ciencia del mismo modo que las artes hasta el final de su reinado. De toda esta actividad, el pueblo es un mero testigo, sometido y humillado, maltratado por una pobreza inimaginable.

Después del reinado de Catalina, se suceden zares y revueltas, primero de oficiales y del ejército; más tarde, del pueblo. Nicolás I hace venir a Carlo Rossi, otro gran arquitecto italiano, para sus obras de urbanismo y arquitectura. Mientras tanto, la mediocridad humana, la miseria, las dificultades de la vida, quedan retratadas en las páginas de los grandes escritores rusos del siglo XIX, que eligieron San Petersburgo como residencia. Entre ellos están Pushkin, Gogol y Dostoievsky. A continuación llegan Nicolás II y la Duma, un débil signo de innovación democrática. Pero ya es demasiado tarde: llega la Revolución. Los eventos se precipitan y personajes ambiguos y sin escrúpulos como Rasputín amenazan la reputación de los zares.

En 1914, San Petersburgo se convierte en Petrogrado y en 1924 Stalin la transforma en Leningrado. Purgas políticas e intelectuales: arte y artistas son propiedad del Estado. Dos Guerras Mundiales: en la Segunda, Leningrado resiste al asedio alemán durante 45 días. Mueren 800.000 personas, pero la ciudad resiste y es condecorada con el título de Ciudad heroica. Los años posteriores son oscuros, de censura de cualquier actividad. La única voz valerosa es la de Anna Aimatova (1889-1966), poetisa sublime, símbolo de la libertad de la posguerra.

En los años 90 del pasado siglo, la Unión Soviética se disgrega y San Petersburgo recupera su antiguo nombre, pero también pasa a ser conocida como la capital del crimen. Resucita la actividad urbanística, la vida intelectual y económica; el año 2003 marca el tercer centenario de la fundación de la ciudad y Vladimir Putin, nacido allí, dedica importantes recursos para restaurarla, embellecerla, renovarla y devolverle los esplendores pasados. Hoy en día, San Petersburgo es una ciudad fascinante llena de contradicciones, pero en la que historia, arte y modernidad se funden en una combinación desde siempre única.


Autor:Nozio



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